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Ni una bola más al aire

| December 30, 2013 | 4 Comments

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Ahora que se acerca el nuevo año, me la paso escuchando campañas de “Ni una bala más al aire”, sin prestarle atención a otro grave problema social, que debemos atacar con una campaña titulada “Ni una bola más al aire”.

Vamos a quitar del medio un momento el asunto de las balas. No se preocupe, el énfasis de este ensayo será en testículos al aire, como prometo en el título. Prometo regresar a las bolas. Disculpe, soné a escolta bien educada. Lo que quiero decir es que ya mismo voy a ese tema. Antes: sobre los tiros al aire.

Hay muchas posibles causas para esta mala práctica. Podría argumentar que se debe a la proliferación de armas de fuego, aunque por experiencia sé que esto me buscará la cantaleta de los amantes de las balas, quienes me aseguran que el crimen no tiene que ver con estas armas, porque si la gente se quiere matar, se mataría a machetazos. Quizás tienen razón en eso, pero tienen que reconocer que jamás hemos visto un caso de una vida arruinada en despedida de año por culpa de un machetazo al aire.

Así que no me voy a meter en esa controversia, porque una regla de urbanidad básica es: “nunca desates la furia de gente que gustan de las armas de fuego”.

El asunto es que me parece que eso de “Ni una bala más al aire” es un mal lema. O sea, ¿cómo vas a disparar un arma sino es al aire? ¿Acaso tenemos un problema de tiroteos fuera del fondo del mar? No, siempre se dispara al aire. Hay que ser más específico y al grano: “No dispares, morón”.

Aún más efectivo sería regar el rumor de que cuando te disparas contra tu paladar, el espacio hueco del cráneo hace que retumbe mejor el disparo  el sonido sea mayor. Quizás usted piense que una campaña así no funcionaría, pero recuerde que no se supone que funcione con usted, sino con gente ignorante zopencamente estúpida. O sea, con quienes disparan al aire.

Ahora, a “Ni una bola más al aire”.

Hace un tiempo estaba caminando apresurado por un centro comercial. Entonces me fijo –sin otra razón que no sea el odio que el cerebro me tiene– en un anciano sentado en un banco. Me percaté que el viejo tenía unos pantalones bermudas demasiados cortos y holgados. Entonces sospeché que eso podía causar un desagradable fenómeno. Antes que logrará detener la orden de mi horrendo cerebro, mis ojos bajaron a comprobar si mis sospechas eran ciertas, y para mi desgracia así fue: la intimidad física de la persona estaba al descubierto.

Que no se alarme nadie, pero voy a ser más específico.

Lo que pude ver claramente era el muslo adelgazado por la edad. Debajo, como cuando un niño esconde malamente un dulce que no quiere compartir, sobresalía una esfera de carne, como un premio de Pascuas no reclamado. El peso de la huesuda extremidad era suficiente para presionar aquella pieza, haciéndole parecer el hocico de uno de esos los animales de globos que hacen los payasos, solo que parecía hecho con un globo prehistórico fabricado con pellejo humano. Para los que detestan a quienes escribimos con tantos rodeos y pretensiones, soy más directo: el viejo estaba sentado en una de sus bolas.

Maldita sea, no puedo bregar con la parte morbosa de mi cerebro que vive en rebeldía contra mí: toman un incidente visual indeseable y lo mantienen en mi memoria, estrujándolo contra mi sanidad mental.

Por ejemplo, durante un tiempo fui empleado en una farmacia de pueblo. Un día comenzó a trabajar una farmacéutica recién graduada. La mejor manera de describirla es pidiéndoles que recuerden la tirilla cómica “Periquita”. ¿Recuerdan que “Periquita” vivía con la “Tía Dorita”, una mujer joven muy sexy y atractiva? Bueno, pues la farmacéutica se parecía a “Periquita”.

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 La cosa es que en una tarde de trabajo, me dirijo al pequeño baño unisex que todos compartíamos, y al abrir la puerta, me topé con el trasero de “Periquita”. Ella había aparentemente acabado de usar el inodoro, y se encontraba ahora levantada, volteada hacia la puerta, preparada para secarse. Y allí estaban sus dos enormes nalgas blancas. Como comparación esta vez, les voy a pedir que piensen en dos colosales brillantes perlas preciosas. Pues las nalgas de ellas lucían como los ostiones de esas perlas.

“¡Está ocupado!” exclamó ella con cierta alarma. Yo respondí “Perdón” y cerré la puerta. Siempre me he arrepentido de haber contestado eso. De poder ir atrás en el tiempo, le hubiese contestado “¡No me jodas!”.

El asunto es que ahora mismísimo, un cuarto de siglo después del incidente, puedo recordar nítidamente el indiscreto trasero de la farmacéutica, el cual solamente aprecié (o desprecié) unas fracciones de segundo. En cambio, hay traseros que han jugado mayor participación y trascendencia en mi vida, y no puedo recordarlos con la claridad que merecen. Pero si ahora mismo me piden que identifique el cadáver de la farmacéutica, a quien jamás he vuelto a ver, basta con que le pida al tipo de la morgue que la vire bocabajo y le baje los pantalones, y yo, tras sentir unos tristes escalofríos, declararé: “Sí, esa es Periquita”.

El cerebro me está haciendo una maldad similar con la visión del anciano empollando su propiedad privada. La imagen me viene a la cabeza sin provocación. Pronto me vienen preguntas cuya respuesta no me interesa como: ¿Dónde estaba la pareja de lo que vi pillado bajo su muslo? Además, ¿qué clase de reguero es ése allá abajo?

Lo otro que no entiendo es: ¿por qué este problema es más grave en los ancianos? ¿La bolsa se estira con la edad? Porque entonces debe haber alguna explicación biológica como, no sé, que las arrugas de las bolas se mueven a otras partes del cuerpo según envejecemos. Eso explicaría muchas cosas. No me den un Nobel de medicina por eso, gracias.

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 Cuando el recuerdo del mencionado viejo aparece, me pongo a cantar, a pensar en problemas, a buscar preocupaciones. En otras palabras, trato de cambiarle el tema al cerebro.

Así que esto de andar con los testículos por fuera tiene que acabarse, es un duro daño psicológico. Por eso propongo una campaña titulada “Ni una bola más al aire”, para atender esta grave crisis de ancianos usando pantalones cortos. Y si no, pues entonces dejen que la gente siga disparando hacia el cielo, a ver si una bala perdida castiga a mi maldito y contaminado cerebro.

 

Alexis Sebastián Méndez ©

 

About the Author:

Escritor y productor. Autor de la columna semanal "La vida misma" en Primera Hora. Libretista de televisión para programas tales como "TVIlegal", "Noticreo", "Papi en casa" y otros. Productor teatral responsable de éxitos como "De-Generación 80", "Los Kakukómikos: El regreso" y otros. Ha escrito para teatro: "De-Generación 80", "De-Generación 80 y pico", "Gabriel y el Libro de los Mil Cuentos", "Suero, sexo y sangre", "Descalzos en San Juan" (adaptación), "Sexos 101", "Juan Bobo está colgao", "Aquí no paga nadie" (adaptación), "Trastos viejos", "La memoria del olvido" y "Los Kakukómikos: El regreso" (junto a Shorty Castro). Autor del libro "Alegres infelices".
Filed in: Puerto Rico
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  • Joyce

    Alexis, eres el mejor!!!!

  • Hola

    Muy bueno!

  • IzzI

    …Perturbador

  • Mas

    Genial como siempre Alexis