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Lejos

| September 17, 2015 | 9 Comments

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La patria, posiblemente, es como la familia. Solo sentimos su valor cuando la perdemos.” – Gustav Flaubert

 

Llevo dos meses en Estados Unidos. Mi nombre es Gazoo Starr, besos a los que me recuerdan y flores al que ya me olvidó, y llegué acá como muchos: con las muelas de atrás. A veces siento que fue una desición que no tomé yo, sino que tomaron generaciones anteriores por mí. La crisis económica que durante decadas se fue gestando, nació en la flor de mi adultez. Estoy en ese momento de nuestras vidas cuando empezamos a pensar en el futuro, y no en el presente; cuando ya no basta tener la estabilidad de un trabajito de par de meses y pensamos en cuando los achaques nos ataquen y queramos tener una pared económica que fuimos alzando como buen albañil con nuestro trabajo. Así que a falta de oportunidades que me arrebataron otros en las flores de su adultez, tuve que alzar vuelo. Otras veces, pienso que la culpa es mía, porque nadie me mandó a tomar las decisiones que tomé, (embrollos, estudios en carreras saturadas, etc), y que por eso es que realmente estoy en otro país que no es el mío, y nunca lo será así anexen el terruño y lo halen con grúas hasta la punta de Florida.

 

Una vez te vas y comienzas a forjar una vida fuera, te preguntas si volverás algún día a vivir allá. Si por más deseos que tienes, valdrá la pena. Escuchas esos que dicen que los que se van son traidores y me pregunto si lo soy, aunque al paso que iba mi única aportación sería ser otro al que le tocó vivir de la dádiva gubernamental.

He aprendido que nos vamos del país, pero dejamos nuestros sueños en la gabeta, junto a los tazos de la niñez y las cartitas del primer amor. Nos toca arrancar el canvas y con las mismas brochas tratar de pintar nuevos cuadros, sólo que los colores nunca brillan como en la pintura anterior, así como cuando cocinas e imitas al dedillo a tu mamá pero la receta nunca te queda igual.

Se idealiza el terruño y te hace falta la arena de las playas que nunca visitabas y conversaciones con familiares que te solían caer mal. Tienes cable tv con 300 canales pero buscas Wapa América para sentirte que estás en casa, no importa cuán mediocre sea la programación; hasta aplaudes cuando los sábados sale Carlitos Colón y sus secuaces vendiendo las mismas luchas de hace 30 años. Todo lo que era malo, ahora no es tan malo ná, o le ries las gracias como el padre incapaz de ver faltas en su hijo.

Hablas con tus amigos y le dices la verdad. Acá lo hay todo y un poquito más. Le vendes el sueño de que vengan, porque estarán mejor, y tampoco mientes, lo estarán. Le das una explicación de todos los aspectos que mejorarán en su vida, y son tan acertadas que si la hicieras por videochat con gráficas te contrataría una agencia de publicidad. La realidad es que detrás de ese llamado a su bienestar, hay una verdad egoísta; detrás de cada grito de victoria, hay un pedido de ayuda. “Ven para acá, que me haces una falta cabrona. Me hacen falta las salidas a hablar boberías y rememorar las mismas aventuras de siempre. Vengan para yo también poder sentarme con ustedes a ver los juegos, a buscar un sitio donde ver las peleas. Me hacen falta y no puedo volver porque me iría mal. Vengan que así completarán un pedazo mío que se quedó allá.

Detrás de cada “¿Cómo está la familia?” hay un “No sabes como te envidio. Los puedes ver todos los días. Los abrazas y yo no. Abrázalos con el alma cada vez que los veas, no sabes la falta que te harán al segundo que ya no estén a tu lado, solo al otro lado del teléfono. No sabes el miedo que pasamos cada vez que no nos llaman o cuando el teléfono suena fuera de hora. El miedo a que mueran y no poder estar ahí por estar forjando nuevos sueños lejos de esos con los que quisieras compartirlos. Por culpa de otros o por culpa mía, qué más da. Lejos.”

Detrás de cada: “¿Y cuándo vienes a visitarme?” hay un “no sabes las ganas que tengo de llegar allá, como si fuera un Frankie Ruiz cualquiera cuando escribió “Mi Libertad”. Quiero llegar de sorpresa y hacer una fiesta, de esas mismas a las que no me gustaba ir. Quiero ir a Guavate y quiero ir al Morro como si nunca lo hubiera visto. Quiero ir a la plaza del pueblo y tirarme fotos aunque esté to’a escascará. Quiero ser turista en mi propia isla, como el que paga por estadía en su propia casa. Solo quiero llegar y no estar lejos.”

Para los que nos vamos sin nadie y sin ganas, hay días buenos y hay días malos. Aprendemos que lo sueños, al igual que nosotros, duran un tiempo y luego muren, incluso los que realizamos. Aprendemos que por más dinero que hacemos, eso no vale nada si no tenemos a los que queremos cerca, y buscar gente nueva pa’ querer es tedioso.

También aprendemos a callar y no venderle el sueño de la estabilidad a otros. Porque aunque es mucho lo que se gana, es cuantioso lo que perdemos. Sueños que nacen y sueños que mueren. Sueños que abren caminos y que cierran otros. No queremos a otros sintiéndo este vacío, aunque tengamos la esperanza de llenarlo en algún momento. ¿Realmente se está mejor? Depende de a qué le ponemos más valor en nuestras vidas . Que cada cuál decida, mientras nosotros soñamos y añoramos desde lejos.

Twitter: www.twitter.com/Gazooholico

 

 

About the Author:

Creador y fundador del mejor blog de Puerto Rico: La Letrina. Maestro de profesión y machinero en fiestas patronales de vocación. Gazoo Starr es un camuyano comprometido con las causas menos nobles del país. Puedes contactarlo a través de Twitter @GazooStarr.
Filed in: Puerto Rico, Vida