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La crisis pesetera

| February 9, 2014 | 7 Comments

Mucho se ha escrito sobre las crisis de la mediana edad y el terror a la cuesta de los 40, pero, ¿qué de los “late-twenties” que van acercándose a los 30? Ni hablar de unos cuantos que ya tienen 30 y están salvajeando como adolescentes, jangueando con chamaquitos, usando camisillas y tirándole guiñás a nenas de 18, o ese selecto número de damas treintonas que vienen con la cartera llena de lucimiento y negación. Bueh, dejemos ese tema para otro día.

Algo pasa en el universo que cuando tenemos 16 ó 17 años, pensamos que a los 25, 26 ó 27 años íbamos a tener la vida resuelta, íbamos a estar felizmente casados, íbamos a estar cobrando el sueldazo de la vida, íbamos a estar en casa propia e íbamos a estar gozando de las maravillas de la adultez. ÍBAMOS.

Misijos, NO. Habrá quienes sí hayan alcanzado unas cosas que está muy cool, pero como dijo ese gran filósofo Pérezcoffie “la vida es dura y difícil”. Es muy probable que a los 27, 28 te preguntes de vez en cuando “¿qué estoy haciendo con mi puñetera vida?”. Entiendo que es completamente natural llegar a ciertas edades y tejer dilemas existenciales que nos hacen cuestionarnos “¿Qué carajos hago? ¿Pa’ dónde voy? ¿Dónde yo se supone que encaje? ¿Y qué he hecho con mi vida?”.

A los 17, estamos deseosos por cumplir 18 porque creemos que estamos a un paso de conquistar el reino de la adultez haciéndonos los jaquetoncitos y haciéndole cuanta rabascá se nos pueda ocurrir a nuestros padres. Jóvenes, ese peo se les irá y se van a abochornar. Siguen viviendo bajo el techo de sus padres y al final del día, ellos son quienes les dan los $10 pa’ que al otro día se compren la empanadilla de pizza y el Ice-C de Coca Cola en la escuela. Compórtense y limpien el cuarto puerco ese.

A los 18, vamos campeando respeto por la calle cuando tenemos la licencia de aprendizaje y caminamos con el pecho infla’o y la cresta pará porque vamos a ingresar a la universidad a estudiar algo que no sabemos de qué trata. Los huevos están por ponerse a peseta.

A los 19, ya hemos experimentado en el primer año de universidad y por lo general andamos luciítos con las A’es de las clases básicas y ni una sola de concentración. Se le meten 12 ó 15 horas en algún part-timecito que tengamos los weekends para comprar mierditas, jangueamos en los chinchorritos aledaños a la universidad bebiendo chichaítos y estamos pensando que no era tan difícil na’.

A los 20 y los 21, estamos en la famosa “edad del pendejo”, porque aunque ya hayas moja’o el nugget en la universidad, legalmente sigues siendo un chamaco, y cuando cumples los 21, crees que has llegado al peak de tu vida… y no. Es una edad bastante buena para brincar, hacer, deshacer, experimentar, saltar y despertar en alguna cama de un hospital con tu mamá al lado llorando, un abogado al otro lado de la camilla y la policía afuera.

A los 22, 23 y 24, un porciento bien alto de la población de jóvenes está haciendo reclasificación en la universidad porque “Mano, pal carajo, eso no es lo mío”, y los que siguen en su concentración están dándose de baja como cosa loca de muchas clases con el “Pichea, la cojo el próximo semestre”. O sea, estamos ingresando en el proceso de redescubrirnos. Habrá quienes estén a punto de graduarse y ya te empieza a picar ese hecho. Y si tienes 24, ya estás bien mordío porque no te avanzas a ir pal carajo de la universidad, estás trabajando probablemente en algún sitio que detestas, tienes el carro daña’o, el/jevo/a te tiene mal de los nervios y la vida te empieza a apestar.

A los 25 y 26, si no te has gradua’o, tienes un paquete pesaíto que se le suma al “¿Cuándo te piensas graduar?” de cada ser humano sobre la faz de la Tierra que te pueda conocer. A estas edades empiezas a tocar fondo y las azucenas que alguna vez lucían radiantes a los 17, comienzan a ennegrecerse porque ya se supone que sepas cómo se bate el cobre. Conoces la situación del país, el part-time sigue siendo el mismo tal vez, y empiezas a experimentar una serie de cambios que te empiezan a hundir en fantasías. Ya el jangueo no te suele emocionar como a los 18, sino que te pompeas cuando los cancelan. Estás suscrito/a a Netflix y los wikenes constan de una pizza y la pijamas que más rotos tenga. Empiezas a compararte con los demás: “Fulano vive solo, está haciendo su doctorado, comprometió a su novia y se compró un carro del 2014″. Empiezas a tomar seriamente el hecho de comer saludablemente porque estás experimentando el hecho de que bajar 3 libras se ha hecho una verdadera pendejá. Llegas a los jangueos y te da hambre, sueño, cansancio, aborrecimiento, te molesta el ticket de la camisa y los zapatos te aprietan. Estamos bien solteros… bien jamones… bien solos. Las fiestas en los fines de semanas han pasado de ser en discotecas, a cumpleaños de hijos de amigos, reuniones de clase, “baby showers”, bodas, o fiestas de compromiso. Pagar bills es… demasiado doloroso. La emoción pasó de ser un potencial jevo/a a un plato de comida… la comida se ha vuelto una inyección que nos devuelven las ganas de vivir. Estás hecho un adulto con demasiadas reflexiones a la hora de bañarte. Lloras. Comes. Y vuelves a llorar. Hay pánico. Estrés. Ansiedad. Resignación.

De ahí en adelante seguirán las interrogantes porque las expectativas de vida nunca cesarán y viviremos para verlas desvanecer en el tiempo. A los 30, lo único que te va a quedar es pararte en la cima de la montaña, ver los 20′s a lo lejos, empezar a bajar la cuesta y paniquearte porque se acercan los 40 y las citas médicas de rutina porque los achaques más pendejos se avecinan. De ahí en adelante, hay que orar pa’ que la vara con las que se nos azote no sea tan gruesa.

Para todo lo que uno quiera hacer, habrá que trabajar. De alguna manera hay que ingeniárselas para hacer lo mejor, porque por más mierda que sean las circunstancias que nos rodeen, siempre habrá que jalar pa’ lo de uno. Habrán cosas que salgan y habrán otras que no. El envejecimiento, la menopausia y la disfunción eréctil son parte del ciclo de la vida y por más que le huyamos, llegarán, a menos que nos busquemos un tiro antes. Sin querer caer en el discurso de motivación y autoayuda, todos vamos a experimentar esos dilemas porque es parte de esa transición de conocernos, escocotarnos y ver hacia dónde uno se va a dirigir. Todos pensamos y actuamos como mejor nos convenga y basado en esas experiencias se coge por la izquierda, la derecha o por el medio. Yo estoy en esa etapa de no estar tan vieja y disfrutar esos fines de semana en pijama, comiendo pizza, ver estupideces en la televisión e inventarme la excusa más mierda del universo cuando me invitan a salir.

About the Author:

Guzabra es oriunda de Guayama. Es conocida por ser la propulsora de la ley municipal que llevó a que se reconocieran las moscas como el ave municipal de su pueblo. Heroína entre su gente, se dedica a robar jabones en Walmart para mejorar la higiene de sus compueblanos. La puedes contactar en www.twitter.com/guzabra
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  • wally

    Me gusto

  • Hiram Rodríguez

    A pico y pala. ¿te gusta este cuento? PD. Lo de tirar guiñas a las chamaquitas de 18 no te lo perdono.

  • Majo

    Es Icee, no Ice-C

  • Majo

    Pero me encantó el artículo.

  • El Aljibero

    Se llama el Sindrome de La Caducidad. Por que se Acabara la vida? Te ves jugando a las escondidas y al voltear preguntas, vidaaaaa…

  • jvliv

    me he meao de la risa…dejame irme a cambiar el calconcillo con chilla’ e goma e motora

  • Campoviejo

    Verdad muy profunda
    nos tira Guzabra
    para que se abra
    la mente iracunda
    de un pueblo de segunda.
    Hacer el bien
    sin mirar a quien
    debe ser la consigna
    de todo el que se indigna
    por la vagancia a tutiplen.
    Hacer lo que se ama
    y amar lo que se hace
    no lo enseña ninguna clase
    pero te dará la fama
    que no se desinflama
    facilmente. Te daras cuenta
    que el tiempo pasado alienta,
    mas la esperanza del futuro,
    aunque el camino este duro,
    te ayudara a vencer la tormenta.
    Campoviejo