Erase una vez un Huevo elíptico y radiante…

Erase una vez un huevo, elíptico y radiante, digno de un revoltillo criollo, un omelette francés o una tortilla española. Un huevo de esos que tu madre distingue entre los demás, cuando de compras va al supermercado y confecciona una docena de ensueño para ingresarla a su refrigerador. Era un huevo más pesado de lo que habitualmente pesa uno de estos óvulos de gallina. Estaba cargado de las frustraciones de su dueño, que a su vez, estaba atiborrado de los infortunios de la clase trabajadora puertorriqueña.

Erase a su vez un puertorriqueño “común igual que tu”, de piel adobada por la resolana y el peso de las generaciones de su raza, en posesión de un huevo elíptico y radiante. El hombre se disponía a desafiar a su Tirano cual “Preciosa” de “El Jibarito de Aguadilla”.
El huevo saltó a la mano del amo, que de modo gentil lo acarició con sus dedos mientras lo recostaba de la palma de su mano. El trabajador desacomodado se dirigió a su cita con su destino, armado de su cólera y un huevo elíptico y radiante. Quizás erase ese huevo, el último que se compraría en un hogar asaltado por el desempleo y la insolvencia. El huevo se mantuvo inmóvil, a la espera del destino que le podía deparar a uno de los de su clase que no se llega a empollar.
Y así, como un huevo que nunca llega a empollarse, se sentía el puertorriqueño “común igual que tu”. A la esperanza de las promesas de un futuro superior que de ningún modo llegan, y entonces se vive a la espera de ser devorado por el sistema o estrellarse como un huevo; Como un huevo que se pudre y se engüera, y se decomisa como los demás que esperaron ese futuro mejor.
Y allí de frente estaba el Tirano. Hablando de 8.2 millones para lanchas que ante los ojos del pueblo, no tenían prioridad. Miles de puertorriqueños “común igual que tu” se encontraban desacomodados y vienen a proclamar la creación de un par de empleos para amortiguar la realidad del país. Y frente al Tirano no se encontraba el puertorriqueño doblegado, el que acoge el “such is life” como la frase del momento. El puertorriqueño pusilánime estaba harto y llamo al Tirano hipócrita, en honor a la verdad. Blandiendo un huevo como arma, lo lanzó cual espada en las guerras que leemos en los libros históricos.
Erase una vez un huevo, elíptico y radiante, volando como chiringa. Con el surcaban el sufrimiento del puertorriqueño “común igual que tu”. Ese huevo a la espera de su destino, se convirtió en el infortunio de Fortuño, quien se escurrió ante la cólera del colectivo social. Fue a parar al rótulo que leía “8.2 millones”, pero caló tanto como la famosa chancleta que le lanzaron al Tirano Mayor.
Fue una vez un huevo, que simbolizó que quizás algún día cercano, lucharemos por empollar y convertirnos en un país que le pide cuentas a sus gobernantes, y dejaremos de estrellarnos y engüerarnos generacionalmente.


